No viniste solamente a funcionar. Viniste a vivir.
Durante mucho tiempo no pensé que estuviera viviendo una vida que no quería.
Ni siquiera me hacía esa pregunta.
Estudiar, trabajar, producir, resolver problemas, ganar dinero, intentar progresar. Había una ruta bastante clara de lo que significaba hacer las cosas bien: estudiar una carrera, trabajar, alcanzar cierta estabilidad, comprar cosas, quizás una casa, formar una familia si querías hacerlo y seguir avanzando.
Yo funcionaba.
Pero nunca me sentí realmente bien.

Mi relación con la salud, además, había empezado a cambiar mucho antes.
Tenía 18 años cuando mi mamá fue diagnosticada con mieloma múltiple. Desde el comienzo supimos que era una enfermedad incurable.
Yo estaba en una edad en que suponía que mi vida recién empezaba. Tenía la intención de entrar a la universidad, estudiar y seguir ese camino que parecía bastante evidente. Pero de pronto todo se congeló.
Mi mamá acababa de lograr comprar una casa, algo enorme considerando que nunca habíamos tenido una buena situación económica, y entonces llegó el diagnóstico. Ante la posibilidad muy real de perderla, estudiar dejó de ser la prioridad. Me puse a trabajar para generar ingresos y ayudar en la casa.
Y cuando una enfermedad así entra en una familia, nunca pertenece solamente a quien recibe el diagnóstico.
Yo también conocí los hospitales, las citas, los tratamientos, la incertidumbre, el impacto económico y lo que significa acompañar a alguien mientras el tiempo empieza a adquirir otro valor.
No creo que a los 18 años pudiera comprender todo lo que esa experiencia estaba significando para mí. Simplemente hice lo que había que hacer y seguí adelante.

Cuando vivir en piloto automático comenzó a pasarme la cuenta
Durante los años siguientes fueron apareciendo también mis propios problemas de salud: fibromialgia, acné, alteraciones digestivas, cambios de peso, inflamación y otros síntomas que probablemente ya ni recuerdo.
Al mismo tiempo estaban el estrés, la ansiedad, el malestar emocional y un mundo interno al que durante mucho tiempo no presté demasiada atención.
Busqué respuestas donde correspondía buscarlas.
Creo profundamente en la medicina. Soy médico veterinario y elegí esta profesión precisamente porque conozco el enorme valor del conocimiento científico, del diagnóstico y del tratamiento. La medicina salva vidas, disminuye sufrimiento y nos permite hacer cosas que hace apenas unas generaciones habrían parecido imposibles.
Pero con el tiempo empecé a descubrir que había preguntas sobre mi propia salud que no cabían completamente dentro de un examen, un diagnóstico o un medicamento.
Había estrés.
Había ansiedad.
Había emociones que no sabía reconocer ni manejar.
Había una historia.
Había una manera de relacionarme conmigo misma y con el mundo.
Y había un cuerpo viviendo todo eso conmigo.
Fui encontrando piezas, pero seguía faltando algo
También busqué ayuda psicológica y psiquiátrica. Recibí tardíamente un diagnóstico de trastorno del espectro autista que me permitió comprender una parte importante de mi historia y algunas de las dificultades que hasta entonces no había sabido interpretar.
Seguí buscando.
Aprendí sobre comportamiento, salud, mente y emociones. Más adelante llegaron otras formas de comprender la experiencia humana y, finalmente, también la espiritualidad.
Algunas cosas me ayudaron muchísimo. Otras no. Algunas explicaciones que en determinado momento me parecieron suficientes dejaron de parecérmelo después.
Y mientras todo eso ocurría, mi salud mental también llegó a lugares extremadamente difíciles.
Hubo trastornos de ansiedad.
Hubo crisis.
Hubo intentos de suicidio.
No cuento esto porque crea que el sufrimiento sea necesario para transformarse ni porque hoy quiera encontrarle una explicación perfecta a cada cosa que viví.
Lo cuento porque fue parte de mi historia.
Y porque después de intentar comprenderme desde tantos lugares diferentes fui descubriendo algo que hoy parece evidente, pero que durante muchos años no lo fue:
yo no era un conjunto de problemas separados que había que resolver uno por uno.
No había un cuerpo por un lado, una mente por otro, emociones guardadas en algún compartimento aparte y una vida ocurriendo alrededor de todo eso.
Era la misma persona.
Hoy sabemos mucho más sobre las relaciones que existen entre nuestros procesos psicológicos, el estrés, el sistema nervioso, los sistemas endocrino e inmune, nuestros hábitos, el ambiente y la salud. Todavía queda muchísimo por comprender.
Pero para mí faltaba otra pieza.
Porque llegó un momento en que la pregunta dejó de ser solamente:
¿Qué me pasa y cómo puedo sentirme mejor?
Y empezó a aparecer otra mucho más incómoda:
¿Cómo quiero vivir?
Nunca había pensado que podía elegirlo
Esto es quizás lo más difícil de explicar desde donde estoy hoy.
No es que durante todos esos años supiera perfectamente qué vida quería y no me atreviera a construirla.
No sabía que podía preguntármelo.
Había aprendido a funcionar dentro de una estructura que parecía obvia. Cumplir, producir, resolver, sacrificarse cuando fuera necesario y continuar. Vivía, en gran medida, "en piloto automático ”
Y cuando llevas suficiente tiempo viviendo así, puedes llegar a ser extraordinariamente funcional en una vida que jamás elegiste conscientemente.
Yo lo fui.
Hasta que distintos momentos de mi vida fueron haciendo imposible seguir funcionando exactamente de la misma manera.
No hubo una revelación única ni un método que lo solucionara todo.
Hubo enfermedad. Hubo ansiedad. Hubo medicina y terapia. Hubo estudio. Hubo espiritualidad. Hubo errores, contradicciones y muchas ideas que adopté para después cuestionarlas.
Hubo varias versiones de mí que tuvieron que dejar de tener sentido antes de que pudiera aparecer otra pregunta:
Si no tengo que vivir solamente como aprendí que había que vivir, entonces ¿cómo quiero participar en mi propia vida?
Y esa pregunta cambió mucho más que cualquier respuesta.
De ahí nace Soberanía Vital
Soberanía Vital no nació porque yo tuviera todas estas respuestas.
Nació precisamente del recorrido que tuve que hacer para empezar a formular las preguntas.
De descubrir que cuidar la salud no puede significar solamente reaccionar cuando el cuerpo enferma.
Que comprender nuestra mente no significa necesariamente quedarnos viviendo dentro de ella.
Que aceptar la realidad no significa resignarnos a ella.
Que la espiritualidad no necesita alejarnos del mundo ni reemplazar la acción.
Que ser responsable no debería exigir entregar la vida entera al sacrificio.
Y que estar vivos es bastante más que conseguir que nuestra vida funcione.
Por eso para mí la soberanía no significa controlarlo todo.
Significa recuperar participación.
Comprender qué está ocurriendo en mí. Reconocer qué necesito. Descubrir qué es importante para mí. Aprender a relacionarme de otra manera con lo que siento. Tomar decisiones. Actuar. Pedir ayuda. Recibirla. Cambiar aquello que puedo cambiar y aprender a estar frente a aquello que no depende de mí.
Y, en algún momento, también disfrutar.
Esa última palabra probablemente habría ocupado muy poco espacio en mi vida años atrás.
Hoy ocupa muchísimo.
No necesitas tener resuelta tu vida para empezar a vivirla
Hay algo más que estoy comprendiendo recién ahora.
Durante mucho tiempo pensé que primero había que resolver.
Resolver la salud. Resolver el dinero. Resolver el trabajo. Resolver la ansiedad. Entenderse. Mejorarse. Llegar a algún lugar.
Y después, supongo, vendría la vida.
Pero siempre queda algo por resolver.
Mi vida externa no se transformó mágicamente. Sigo teniendo responsabilidades, problemas, incertidumbre, cuentas, trabajo y días malos.
Lo que empezó a cambiar fue mi manera de estar dentro de ella.
Y curiosamente, desde ahí también empezaron a cambiar decisiones, relaciones, proyectos y posibilidades que antes ni siquiera veía.
Quizás crear una vida propia no empieza necesariamente derribándolo todo.
A veces empieza mucho antes.
Empieza cuando una persona que llevaba años sobreviviendo, cumpliendo o simplemente funcionando recupera suficiente espacio interno para preguntarse:
¿Qué quiero hacer con el hecho de estar viva?
Y quizás, con el tiempo, aparece algo más.
La posibilidad de reconstruirnos mientras construimos.
De empezar a crear —sin convertir nuevamente el sacrificio en requisito— relaciones, hábitos, proyectos y formas de vivir que se parezcan un poco más a aquello que realmente queremos.
No tengo una respuesta universal para eso.
Y tampoco quiero tenerla.
Soberanía Vital existe para acompañar a cada persona a encontrar la suya.

Porque después de muchos años intentando entender cómo estar mejor, terminé llegando a una idea mucho más sencilla:
Tu vida no es solamente algo que tienes que sostener.
Tu vida es para vivirla.

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